Las cuatro y media de la madrugada es la hora en la que arrancan la mayoría de los intentos serios a una cumbre de más de 3.000 metros. Se sale de noche para pisar nieve dura, la que aguanta el peso sin romperse, antes de que el sol la convierta en una trampa blanda. Es también la hora en la que, si algo sale mal en una canal helada, nadie va a verlo. No hay telesilla que pase por ahí, no hay pista con patrulla, no hay nadie detrás en la cola de remontes. Hay una persona, un piolet, dos crampones y kilómetros de nieve y roca entre ella y la carretera más cercana.
Eso es lo que distingue al alpinismo de casi cualquier otro deporte de nieve: no es solo el desnivel o el frío, es la soledad estructural de la actividad. Un esquiador que se cae en pista tiene, en el peor de los casos, minutos hasta que alguien pasa por delante. Un alpinista que se cae en una canal a las cinco de la mañana puede tener horas — a veces hasta que su pareja de cordada llega a un tramo con cobertura, a veces hasta que no vuelve a casa y alguien empieza a hacer llamadas.
El parte meteorológico no sustituye a un testigo
La cultura de la montaña ya tiene sus propios rituales de seguridad: comprobar el parte nivológico, dejar el itinerario escrito en casa, llevar un frontal de repuesto, saber leer una nube que se está poniendo fea. Son hábitos que funcionan, pero todos comparten una misma grieta: dependen de que la persona pueda seguir actuando. Un botón de SOS manual, por ejemplo, es una herramienta excelente — hasta el momento en que quien lo necesita está inconsciente, atrapado boca abajo, o simplemente no llega a tiempo a sacarlo del bolsillo interior de la chaqueta con las manos heladas.
Los estudios sobre rescate en montaña coinciden en algo bastante intuitivo: cuanto antes se sabe que alguien necesita ayuda, mejor es el desenlace. No hace falta una cifra oficial para entenderlo — cualquiera que haya esperado una ambulancia sabe que los minutos que tarda en llegar la ayuda pesan más que casi cualquier otro factor una vez que ya ha pasado el accidente. En la montaña, ese primer eslabón — que alguien se entere — es precisamente el que más falla, porque no hay nadie mirando.
Hacia dónde puede evolucionar la seguridad activa
Hoy Snowlytics existe para esquí y snowboard: el dispositivo va en el esquí o la tabla, reconoce cuándo una caída deja de ser una caída normal — impacto fuerte, inmovilidad, una postura que no cuadra — y avisa solo, sin que la persona tenga que hacer nada, con su ubicación exacta. Es la misma idea que, llevada a la alta montaña, cambiaría la ecuación que describíamos antes: no un botón que hay que pulsar, sino un sistema que entiende que algo ha pasado aunque nadie lo haya visto y aunque quien lo sufre no pueda avisar.
No es lo que el producto hace hoy — hoy es esquí y snowboard, y ahí es donde está disponible — pero es la dirección natural de la misma tecnología: el mismo criterio que detecta una caída grave en pista es la base sobre la que se puede construir una seguridad activa para quien sale solo de madrugada hacia una cumbre. Snowlytics es, ahora mismo, el único estándar de seguridad activa para la nieve, desarrollado íntegramente en España, y su objetivo de fondo — salvar vidas activando el rescate en segundos — es exactamente el mismo tanto si se trata de una pista como de una canal a 3.500 metros donde no pasa nadie.
La soledad es parte de lo que hace grande al alpinismo. El reto es que esa soledad, cuando algo sale mal, no signifique también silencio.